Durante dos años de mi adolescencia trabajé en la carpintería con mi padre. Cargué tablones, ayudé a fabricar muebles de estilo, aspiré aserrín en cantidad industrial y me rebané parte de dos dedos de la mano derecha con una moladora. Durante ese tiempo, le pregunté a mi padre si le gustaba su oficio. “¿Quién trabaja de lo que le gusta?”, me dijo, y agregó: “mi sueño era ser el dueño de una ferretería, pero nunca se dio”. Fin del diálogo. El siempre fue un hombre de pocas palabras, trabajador, de esos que llegan a la fábrica media hora antes de las seis de la mañana y solo se detienen para tomar un café al mediodía. A la hora de mantener una familia, no hay había mucho tiempo para cuestionarse las profundidades de la vida.
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