Zapatos bien lustrados, uno de ellos un poco más alto, para corregir la cojera. Lentes grandes, con bastante aumento y una cadena que los afirma al cuello. Una antigua boina para cubrir su calvicie y en su oreja, un audífono. El anciano se levanta para dirigirse a la congregación.
Mientras habla, se toma su tiempo. Un tiempo necesario quizás, para que las ideas en su mente senil vayan encontrando el lugar correcto en sus palabras. Habla en tono severo, a la usanza de los viejos, tiempos en donde no había lugar a medias tintas ni tanta hipocresía, donde empeñar la palabra era parte del honor de un hombre.
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